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sábado, 17 de septiembre de 2011

"nada" mas que, imaginando lo que sigue de aquí ll


Salí corriendo por las escaleras, en busca de consuelo, abracé a un hombre mayor que confianza me dio, pero no se percato; entonces pedí a todos una explicación, nadie contesto, me afligí, mi preocupación se convirtió en el cajón del fondo, pero mi cobardía no me permitía acercarme. Decidí calmarme y escuchar lo que los demás murmuraban, pues mucho tiempo ya los había ignorado

Pero, ¿Por qué esto te paso a ti?

– solo tenía 17 años.

– sus hermanos y padres ¿Cómo están? – ¡devastados!

– ¿Qué le paso? –parece que de un ataque, no lo sé, no me atrevo a preguntarles

El pánico se hizo mi todo, no lograba aceptarlo, mucho menos afrontarlo, me dirigí a la puerta, necesitaba tiempo, ¡¡No podía ser cierto!!

Fuera de lo que un día fue mí hogar solo sombras, por las cuales deambule, tratando de entender la apatía de la ocasión, flagelándome, lamentándome… ¿Cómo podía, alguien siendo tan joven a ver muerto?, ¿¡Cómo yo había muerto!?... Frio, incertidumbre, ¡terror!; oscura sensación recorriendo mi cuerpo, un hueco en el estomago, ese extraño nerviosismo que entumía mi alma.

A pesar de todo decidí volver, sin especular, a mi alcoba me apresuré, dejé la puerta bajo llave, me tire en la cama; coloque los auriculares, mi reproductor a todo volumen, me tranquilicé, mientras en los dos grandes y antiguos albúmenes averiguaba algo de mi pasado y mi divagada mente recordaba momentos peculiares.

Mi infancia: la familia, y yo, una pequeña llena de inocencia, curiosidad, alguien libre y capaz de imaginar, era el destello que las fotos emitían; lentamente mi mente se inundo de momentos , los monstros bajo la cama, las grades odiseas en el jardín acabando dragones, en el desierto más lejano, la cueva más profunda, en el mar o entre las estrellas; los dulces, los juegos, las ideas de travesuras y de ser mayor, pero siempre llena de vitalidad; quien se alegraba con lo más sencillo, quien sonreía por algo tal vez absurdo.

Adolescencia y juventud: la escuela, más responsabilidad, comencé a preocuparme por lo que usaba, lo que otros pensaban, como debía actuar o pensar, ¡un cambio radical!, bombardeada por el mundo, las fiesta, centrada en los amigos y el estudio, recordé a Oliver uno de mis grandes camaradas, implicado en cada una de mis nuevas experiencias, la primera vez que nos volamos una clase o los regaños sin sentido de algunos profesores, pero llena de ímpetus por explorar, siempre sonriente, un poco distanciada de mi familia. Después, al verme en los brazos de Eliot, mi primer amor, ese mariposeo en el estomago, no saber qué decir, los nervios de la primera vez que tomo mi mano, o ¡el éxtasis del primer beso!... su cara frente la mía, sus ojos claros, su sonrisa nerviosa, sus delgados labios con sabor a gloria que lentamente se acercaron a los míos, en la cancha de futbol junto a la portería, ¡Que día aquel!... y así miles de sucesos, paseaban ante mis ojos, malos o buenos, tristes o alegres , pero termino el día de mi cumpleaños 17, algo que no pude comprender.

Después de ver la película de mi vida, volví a la realidad, saber quién fui, me llenó de valor, partí lenta y pensativamente, arrastrando los pies por el viejo y desgastado piso, hasta el tétrico ataúd, observe a mi alrededor, esperaba lo peor, las 3:33 de la madrugada, sin mas contratiempo mire hacia dentro, rosas de todos los colores, dispersas alrededor del cadáver, unos converce rojos, un pantalón un tanto entallado, repleto de bolsas, color gris, algo roto; una blusa de licra blanca de sports NY, sus uñas con pintura roja, sus labios morados oculto por un labial rosa, aparentemente sonriendo; sus mejillas levemente sonrojadas por polvo, sus pestañas bien enchinadas, sus ojos con un delineador muy delgado, apenas notorio; sus cejas bien marcadas y una de ellas perforada, su lacio cabello castaño rojizo…me quede anonadada, postrada ante mí… ¡yo!, solo puede contemplar mi rostro apaciguado, como si estuviera durmiendo y cuando lo decidiera me levantaría… busque una dulce caricia en manos de mamá y a pesar que no sentía, en sus piernas recargue mi cabeza, mis rodillas en el suelo y mi pena solloce hasta el amanecer.

Al instante, la casa se lleno de familiares y amigos, no soportaba verles entristecidos, ese hueco en sus pechos indeciso, ¿aferrarse o despréndeme?, sus únicas opciones; me derrumbaba ver cómo me lloraban y yo sin poder si quiera regalarles una muestra de afecto, que les recordara que si me amaban en su corazón prevalecería, como un tatuaje hasta que eligieran borrarme, lo que sería aun más doloroso que esto.

Angustia apareció, mientras mi abuela mi cadáver avistaba.

– Hija, debías ser tu quien me enterrara – susurró.

Di unos pasos para atrás, inhale fuertemente, arranque hacia mi cuerpo y el féretro salté, ¡zaaz!, mi organismo reacciono, pero fue un suspiro casi imperceptible.

– Avril, ¿estás aquí?, ¿necesitas algo? – murmuró blanca del susto.

Y aunque no le conteste, a los demás les contó mi penosa aparición, así que espere que mis restos se quedaran solos, nuevamente tomé vuelo y me arroje, una, dos, tres… y mil veces más, pero nunca logre entrar, una hiriente descarga me impedía que volviera, fuera lento o corriendo, no logre reingresar; comencé a desesperarme, se me hacia un nudo en la garganta al pensar en el momento en que me llevaran a enterrar, ¡no me quería alejar! y el tiempo se agotaba.

Las esperanzas se desvanecían, cuando el menor de mis hermanos entre dientes mencionó.

– Hermanita, se que estas aquí ¿por qué no te levantas y vamos a jugar, guitar Hero III?, sé que es tus favorito, ¿sí?, ¡Por favor! – y mi frio rostro trato de mimar.

Puso mi piel (si es que le podemos llamar así) de gallina, espero… y al no ver respuesta, se fue lagrimeando a su recamara, yo detrás,  lo abrace, lo bese…en vano otra vez;  tomó su libreta de dibujo y comenzó a trazar, pero le fue imposible continuar, se arrojo a la cama. Tome su lápiz y escribí para el…  “si es verdad que hay algo mas yo te esperare, necesito descansar, tu amor me llevare…no llores mas por mi siempre estoy cerca de ti”.
 
Llego la hora de marchar, cerraron la caja, entre papá, mis hermanos, Gerardo, Saúl  y mi primo Iván, la levantaron rumbo a la carrosa.
 – ¡Esperen! –  Grito el más pequeño – ¡Avril me ha escrito algo!, ¡vean!, ¡Es su letra!
 – Samuel, ¡basta de juegos!, ya es suficiente con saber que tu hermana… – ignorándolo, todo continuo, aunque el quedo aun más desecho ante la situación.

Continua...

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